

Datos del Autor: Ps. Paolo Antonio Castillo Mendizábal (C.Ps.C. N°62446, ORCID ID: 0009-0003-1104-7058) Psicólogo peruano especializado en psicología criminal y clínica, con una destacada trayectoria académica. Contacto: +51962707026. CV del Autor
La corrupción es uno de los fenómenos sociales más arraigados y devastadores en el Perú contemporáneo. Su presencia constante en instituciones públicas, organismos reguladores, sistemas de justicia y entidades administrativas afecta no solo el funcionamiento del Estado, sino también la salud psicológica colectiva, la confianza ciudadana y la estructura ética de la nación. Durante las últimas décadas, casos de corrupción de alto impacto —desde sobornos locales hasta redes de mafias institucionalizadas— han revelado la complejidad del problema y la necesidad urgente de comprenderlo desde múltiples disciplinas. Entre ellas, la psicología forense ofrece una mirada particularmente relevante, pues permite analizar los procesos mentales, emocionales y conductuales que llevan a un funcionario público a transgredir normas, abusar del poder y someter el interés común a beneficios personales.
La corrupción no surge de manera espontánea. Es el resultado de múltiples factores: predisposiciones individuales, fallas éticas progresivas, normalización social, presiones institucionales, debilidades de control interno y mecanismos psicológicos que justifican la conducta ilícita. Comprender este entramado es fundamental para diseñar intervenciones, políticas preventivas y marcos institucionales que reduzcan la probabilidad de que un funcionario traicione su rol. En el Perú, donde diversos fiscales, jueces y autoridades han sido denunciados o investigados por actos de corrupción, el análisis psicológico adquiere un valor especial, pues permite interpretar el fenómeno sin reducirlo a explicaciones simplistas o meramente morales.
El presente artículo propone un análisis profundo de la psicología de la corrupción en el Perú, integrando teorías de la psicología social, del comportamiento antisocial, del razonamiento moral y de la psicología organizacional. Asimismo, se toman como referencia hechos públicos ampliamente difundidos en los medios, como el caso del fiscal Henry Amenábar Almonte —detenido en flagrancia por presunto cohecho pasivo específico— para contextualizar el fenómeno, sin realizar perfiles individuales ni evaluaciones psicológicas, respetando los límites éticos de la disciplina forense. El objetivo es ofrecer a psicólogos clínicos, psicólogos forenses y operadores del sistema judicial una aproximación rigurosa y útil para comprender las raíces del comportamiento corrupto y sus implicancias institucionales.
Cuerpo del artículo
La corrupción como fenómeno psicológico y social
La corrupción es más que un delito: es un proceso psicológico complejo. Involucra pensamiento, emoción, motivación, autojustificación moral y conductas aprendidas dentro de contextos específicos. La literatura internacional reconoce que la conducta corrupta no suele originarse en decisiones aisladas, sino en un recorrido gradual donde el individuo atraviesa etapas de racionalización, desensibilización, oportunidad y distorsión ética.
En el Perú, la corrupción tiene raíces estructurales que fomentan este proceso. La debilidad institucional, la impunidad histórica, la falta de control organizacional y la normalización cotidiana del “arreglo”, la “coima” o el “favor” han creado un entorno donde la transgresión no siempre se percibe como un acto extraordinario, sino como una estrategia funcional o incluso necesaria. Para algunos funcionarios, la corrupción no se vive como infracción, sino como parte informal del sistema.
La psicología social aporta un marco esencial para comprender esta dinámica. El comportamiento corrupto está influido por normas sociales percibidas, presión de pares, procesos de identificación grupal y mecanismos de aprendizaje vicario. En un entorno donde otros colegas solicitan sobornos, manipulan expedientes o negocian decisiones, el individuo experimenta una presión implícita a adaptarse para ser aceptado o para no quedar en desventaja. Esta normalización progresiva modifica la percepción moral del funcionario, desplazando los límites éticos tradicionales.
El deterioro ético progresivo: cómo se construye la corrupción desde adentro
Uno de los aspectos centrales en la psicología de la corrupción es el concepto de deriva moral progresiva (moral fading), descrito por Ann Tenbrunsel y Max Bazerman. Esta perspectiva sostiene que la persona no salta directamente a actos graves; lo hace mediante pequeños pasos que, acumulados, terminan erosionando su capacidad de evaluar moralmente sus actos.
En el Perú, muchos casos de corrupción en el sistema de justicia muestran este patrón. Un funcionario que inicialmente acepta pequeñas ventajas —como favores administrativos o regalos simbólicos— puede avanzar hacia actos más serios como manipulación de documentos, filtración de información, retraso intencional de trámites o extorsión directa. Este proceso progresivo es posible gracias a tres mecanismos psicológicos fundamentales:
- Desensibilización emocional: el individuo deja de experimentar culpa o incomodidad por sus actos.
- Desplazamiento de responsabilidad: atribuye sus decisiones a exigencias del entorno, presión de superiores o necesidades económicas.
- Racionalización moral: construye explicaciones que justifican su conducta (“todos lo hacen”, “el sistema es injusto”, “solo estoy equilibrando lo que merezco”).
Estas dinámicas permiten que el comportamiento corrupto se vuelva parte cotidiana del rol profesional. Cuando un funcionario cruza la línea por primera vez sin enfrentar consecuencias, la probabilidad de repetir y aumentar la conducta se eleva. Es un ciclo conductual que se refuerza a sí mismo.
El poder como factor de distorsión psicológica
La corrupción también se explica por la psicología del poder. Estudios clásicos de Dacher Keltner y su “modelo de aproximación/inhibición” sostienen que el poder tiende a incrementar la impulsividad, reducir la empatía, aumentar la sensación de invulnerabilidad y debilitar la capacidad de autocontrol moral. En términos prácticos, un funcionario con poder decisorio puede llegar a sentir que está por encima de las reglas que aplica a los demás.
Cuando el poder se combina con falta de supervisión, presión institucional y oportunidades constantes, la probabilidad de corrupción se dispara. Esto es especialmente relevante en organismos donde los controles internos son débiles o donde existe tradición de informalidad administrativa. La psicología del poder también explica por qué personas con carreras extensas, incluso con reputación inicial de integridad, pueden terminar involucradas en actos ilícitos. El problema no es solo moral; es estructural y psicológico.
Contexto peruano: institucionalidad débil y cultura de informalidad
La corrupción en el Perú tiene una dimensión sociocultural muy marcada. La informalidad —tanto laboral como administrativa— ha generado mecanismos de negociación cotidiana que afectan la estructura moral de las instituciones. El ciudadano promedio está acostumbrado a pagar para agilizar un trámite, corregir un error oficial o eludir una multa. Esta dinámica, aunque parezca menor, crea un clima general donde la transgresión se percibe como una forma de sobrevivencia, no como una desviación ética.
Los operadores del sistema de justicia no están aislados de este clima. Trabajan en un entorno donde los ciudadanos esperan “soluciones rápidas”, donde algunos litigantes presionan para obtener beneficios y donde ciertos abogados actúan como intermediarios informales. Esta cultura no causa la corrupción, pero sí crea un sustrato que la facilita. Los funcionarios públicos internalizan estas señales sociales y, con el tiempo, pueden normalizar prácticas indebidas.
El caso del fiscal Henry Amenábar Almonte —detenido en flagrancia por recibir un soborno, según reportes oficiales de la Policía Nacional del Perú, la Junta Nacional de Justicia y los medios— es un ejemplo reciente que evidencia cómo incluso operadores de alto perfil, con larga trayectoria, pueden cruzar la línea. No se trata aquí de analizar su perfil psicológico —lo cual sería antiético sin evaluación directa—, sino de observar cómo su caso simboliza un patrón recurrente: funcionarios que, insertos en un sistema vulnerable, acceden a intercambios ilícitos que comprometen la integridad del Ministerio Público.
Los mecanismos cognitivos que permiten la corrupción
A nivel cognitivo, la corrupción se sostiene en procesos de distorsión moral que permiten al individuo actuar en contra de la ley sin experimentar un conflicto psicológico significativo. Albert Bandura describe estos mecanismos como desconexiones morales, entre las cuales destacan la minimización de consecuencias, la deshumanización del afectado y la reconstrucción moral del acto ilícito.
En el Perú, estas desconexiones se observan en declaraciones públicas de funcionarios descubiertos en actos ilícitos: muchos sostienen que no causaron “daño real”, que se trata de “falta administrativa”, que fue “un error aislado”, o que “todos lo hacen”. Estas frases revelan intentos internos de reducir la disonancia cognitiva asociada a la transgresión.
Otro mecanismo crucial es la compartimentalización cognitiva, donde el funcionario separa su rol institucional de su conducta privada. Así, puede considerarse un “buen fiscal”, “buen juez” o “buen policía”, aun cuando acepte sobornos o manipule procesos. Esta separación artificial preserva su autoimagen positiva, lo que facilita la continuidad del comportamiento corrupto.
Corrupción como adicción conductual: el refuerzo de la ganancia inmediata
Varios estudios en psicología del comportamiento han planteado que la corrupción puede funcionar como un proceso de aprendizaje instrumental: el funcionario obtiene una recompensa inmediata (dinero, bienes, favores), mientras la probabilidad de castigo es baja o diferida. Este patrón refuerza la conducta, del mismo modo que ocurre en las adicciones conductuales.
El Perú presenta condiciones que facilitan este ciclo: sanciones irregulares, procesos administrativos lentos, protección de redes internas y, en algunos casos, complicidad de colegas. Cuando un funcionario recibe beneficios repetidos sin consecuencias, la corrupción se convierte en un comportamiento altamente reforzado y difícil de extinguir.
El impacto psicológico de la corrupción en la ciudadanía y en las víctimas
La corrupción no solo afecta trámites o procesos judiciales; tiene un impacto emocional profundo en quienes interactúan con el sistema. Las víctimas que ven a un fiscal o juez actuar de forma indebida experimentan frustración, indefensión, pérdida de esperanza y daño moral. A nivel colectivo, la corrupción erosiona la confianza ciudadana, genera cinismo y reduce la cohesión social.
En el Perú, donde la confianza en instituciones es históricamente baja, cada escándalo de corrupción en el Ministerio Público o el Poder Judicial intensifica la percepción de que la justicia es inaccesible o manipulable. Desde una perspectiva psicológica, esto genera un clima de desesperanza aprendida, donde las personas dejan de denunciar delitos o buscar protección.
Hacia una psicología preventiva de la corrupción
Comprender la corrupción desde la psicología permite diseñar estrategias preventivas más efectivas. La investigación internacional sugiere que las medidas más exitosas no se basan únicamente en sanciones, sino en intervenciones cognitivas, éticas y organizacionales que actúan antes de que se produzca la conducta ilícita.
Entre las estrategias más relevantes se encuentran el fortalecimiento del razonamiento moral, la supervisión continua, la reducción de discrecionalidad individual, la rotación de personal para evitar redes de colusión, el diseño de ambientes organizacionales éticos y la implementación de capacitaciones en integridad basadas en evidencia psicológica.
En el Perú, estas medidas aún están en construcción. Sin embargo, el crecimiento de las investigaciones disciplinarias, la supervisión de la Junta Nacional de Justicia y la presión ciudadana indican que el sistema se está moviendo hacia modelos más estrictos de control y transparencia. El desafío es sostener este avance sin retroceder frente a intereses particulares.
Conclusión
La corrupción en el Perú es un fenómeno complejo que no puede explicarse únicamente desde la moralidad individual o la debilidad institucional. Es el resultado de procesos psicológicos, cognitivos, emocionales y sociales que interactúan en entornos vulnerables. La psicología forense ofrece herramientas valiosas para comprender cómo se inicia, cómo se mantiene y cómo puede prevenirse. Analizarla es un paso esencial hacia la construcción de un sistema de justicia más íntegro, más transparente y más humano. Frente a cada caso expuesto en la opinión pública —incluyendo el reciente escándalo del fiscal Henry Amenábar— la invitación no es solo indignarse, sino reflexionar profundamente sobre las condiciones psicológicas y estructurales que permiten que estos hechos ocurran. Prevenir la corrupción implica fortalecer instituciones, pero también comprender la mente de quienes las habitan.
Bibliografía
- Bandura, A. (2002). Selective Moral Disengagement in the Exercise of Moral Agency.
- Bazerman, M., & Tenbrunsel, A. (2011). Blind Spots: Why We Fail to Do What’s Right.
- Treviño, L., & Nelson, K. (2014). Managing Business Ethics.
- JNJ (2025). Comunicado oficial sobre investigación disciplinaria.
- Policía Nacional del Perú (2025). Reporte de intervención en flagrancia.
- Lava Jato Perú: Informes del Ministerio Público.
- Tavits, M. (2005). Causes of Corruption.
