“Corrupción como trastorno conductual institucional: una lectura psicológica del Estado peruano”

La corrupción en el Perú no es solo un acto individual, sino un patrón institucional sostenido por refuerzos, normas implícitas y aprendizajes colectivos. Este artículo analiza, desde la psicología forense y la criminología, cómo el Estado peruano ha desarrollado una conducta corrupta estructural que funciona como un trastorno conductual institucional.

En el Perú, la corrupción no es un evento aislado ni una desviación excepcional; es un patrón estructural que atraviesa ministerios, municipalidades, fiscalías, gobiernos regionales, empresas públicas y entidades reguladoras. Lo que observamos no es simplemente la suma de funcionarios deshonestos, sino un fenómeno más profundo: conductas corruptas que se institucionalizan, se aprenden, se repiten y se transmiten como parte del funcionamiento cotidiano del Estado.

Si pensamos al Estado como una organización con personalidad, conducta, memoria y hábitos —algo habitual en el campo de la psicología institucional—, entonces podemos describirlo no solo en términos jurídicos o administrativos, sino también psicológicos. Un Estado puede comportarse de manera saludable o disfuncional; puede tener patrones adaptativos o destructivos. Y cuando una institución mantiene conductas sistemáticas que vulneran normas, afectan a terceros, generan daño persistente y se reproducen aunque sean nocivas, podemos hablar de trastornos conductuales institucionales.

Este artículo propone una lectura crítica del Estado peruano desde la psicología forense y la criminología organizacional: la corrupción no es únicamente un delito, sino un trastorno conductual institucional, reforzado por estructuras, dinámicas y culturas que perpetúan la conducta delictiva como parte de su identidad funcional.

El objetivo es comprender cómo se construye, reproduce y mantiene esta “personalidad corrupta” del Estado peruano, y por qué los esfuerzos individuales —cambios de funcionarios, discursos anticorrupción, reformas parciales— no logran modificar un sistema que opera como un organismo enfermo con patrones ya grabados en su ADN institucional.


1. ¿Qué es un trastorno conductual institucional? Bases teóricas desde la psicología y la criminología

En psicología clínica hablamos de trastorno conductual cuando un individuo:

  • repite patrones dañinos,
  • no aprende de las consecuencias,
  • prioriza beneficios inmediatos sobre daños a largo plazo,
  • mantiene comportamientos estables a pesar de castigos,
  • racionaliza o justifica sus actos,
  • no siente responsabilidad por daños causados.

Si trasladamos este marco al análisis institucional, un “trastorno conductual institucional” implica que la organización:

  • desarrolla hábitos antisociales,
  • normaliza comportamientos dañinos,
  • refuerza internamente el delito,
  • protege a quienes participan,
  • se resiste al cambio,
  • reproduce patrones que perjudican al colectivo.

Esta idea no es metafórica; deriva de teorías sólidas como:

  • psicología institucional (Bleger, Pichon-Rivière),
  • criminología organizacional,
  • teoría de sistemas delincuenciales,
  • cultura organizacional tóxica,
  • aprendizaje social institucional (Bandura),
  • teoría del refuerzo (Skinner aplicada a sistemas).

Desde este marco, el Estado peruano exhibe señales claras de un trastorno conductual interno donde la corrupción no es una disfunción aislada, sino el comportamiento esperado, reforzado y protegido dentro de la institución.


2. La corrupción como conducta adaptativa dentro del Estado peruano

Para comprender la magnitud del problema es necesario considerar que, dentro de muchas entidades públicas peruanas, la corrupción no es vista como delito, sino como:

  • un recurso,
  • un incentivo,
  • un modo de ascenso,
  • una herramienta de negociación,
  • un mecanismo de supervivencia burocrática.

Esto convierte la corrupción en una conducta adaptativa dentro del sistema, aunque sea destructiva para la sociedad en general.

Ejemplo cotidiano:

Un funcionario honesto puede ser aislado, castigado o removido, mientras que uno corrupto recibe apoyo, protección o incluso ascenso. El sistema premia conductas delictivas y castiga conductas éticas.

Desde la teoría del aprendizaje, el mensaje es claro:

lo que se refuerza, se repite.

El Estado peruano, por décadas, ha reforzado la corrupción como conducta funcional dentro del aparato administrativo, al punto de que se convierte en norma interna aunque sea prohibida externamente.


3. Rasgos del “trastorno conductual” del Estado peruano

Si analizamos al Estado peruano como si fuera una entidad psicológica, observamos patrones equivalentes a los de un trastorno de conducta persistente.

3.1. Normalización del daño

El Estado daña a ciudadanos, instituciones y recursos sin expresar culpa institucional ni corrección eficiente.

Ejemplos:

  • obras paralizadas,
  • sobrecostos inaceptables,
  • hospitales sin equipamiento,
  • escuelas inseguras,
  • justicia lenta o manipulada.

La institución aprende a convivir con el daño sin intención significativa de corregirlo.

3.2. Incapacidad de aprender de la experiencia

Un rasgo clave del trastorno conductual institucional:
la repetición de errores idénticos durante décadas.

Cada gobierno cae por corrupción, pero el siguiente repite el patrón.

Cada reforma anticorrupción fracasa, pero se vuelve a proponer la misma.

3.3. Minimización y racionalización institucional

El Estado desarrolla narrativas para justificar su conducta, como un individuo con racionalizaciones antisociales:

  • “La culpa es de gestiones anteriores.”
  • “Son casos aislados.”
  • “Se ha iniciado un proceso de investigación.”

Esto reduce responsabilidad y perpetúa la disfunción.

3.4. Reforzamiento interno del comportamiento antisocial

Los corruptos se protegen entre ellos mediante mecanismos como:

  • redes de favores,
  • pactos silenciosos,
  • captación de posiciones estratégicas,
  • amenaza, extorsión o presión política.

La institución premia la lealtad criminal y castiga la ética.

3.5. Ausencia de empatía institucional

El Estado, como entidad, no responde emocionalmente al sufrimiento que genera.
La burocracia protege sus intereses internos antes que a los ciudadanos.

Es un patrón equivalente a la “frialdad afectiva” de trastornos de personalidad antisocial a nivel institucional.


4. Mecanismos psicológicos que sostienen la corrupción como patrón institucional

4.1. Aprendizaje vicario institucional

Los nuevos funcionarios aprenden por observación:

  • cómo se negocian cargos,
  • cómo se manipulan expedientes,
  • cómo se “pagan favores”,
  • cómo se direccionan contrataciones.

La cultura institucional enseña que la corrupción es parte del trabajo.

4.2. Refuerzos intermitentes

No siempre se obtiene beneficio, pero cuando se obtiene es sustancial:
dinero, poder, ascenso, protección.

El refuerzo intermitente es el patrón que más difícil resulta extinguir en psicología conductual.

4.3. Impunidad como estímulo discriminativo

La impunidad funciona como una señal:
“Puedes delinquir; no pasará nada.”

Esto fortalece la conducta corrupta.

4.4. Identidad grupal delictiva

La corrupción se vuelve parte de la identidad del grupo, igual que en pandillas o mafias.

La institución desarrolla subculturas criminales:

  • “Aquí siempre se ha trabajado así.”
  • “No seas tonto, aprovecha.”
  • “Esto es parte del sistema.”

5. El Estado peruano como sistema criminógeno

En criminología, un sistema es criminógeno cuando aumenta la probabilidad de que individuos cometan delitos. El Estado peruano cumple varios criterios:

  • baja probabilidad de castigo real,
  • altos beneficios potenciales,
  • infraestructura para delinquir,
  • redes de protección,
  • cultura institucional permisiva,
  • procesos opacos,
  • fiscalización débil,
  • alta rotación de funcionarios,
  • fragmentación política.

Esto convierte al Estado en máquina productora de corrupción.

La corrupción no es un accidente: es un comportamiento funcional dentro de un ambiente que lo refuerza.


6. El rol del ciudadano: resignación y trauma colectivo

La población peruana muestra altos niveles de:

  • desconfianza,
  • cansancio emocional,
  • desesperanza aprendida,
  • tolerancia a la corrupción.

A nivel psicológico, esto dificulta el cambio institucional porque la ciudadanía no cree que la corrupción pueda ser erradicada, lo cual refuerza el trastorno conductual institucional.

La psicología social demuestra que un grupo traumatizado deja de protestar con fuerza cuando siente que ningún esfuerzo produce cambio.

Esto es precisamente lo que un Estado corrupto necesita para perpetuarse.


7. ¿Puede un Estado “sanar”? Condiciones para romper el trastorno conductual institucional

Como todo trastorno conductual, la corrupción institucional puede modificarse, pero requiere intervenciones intensas y sostenidas.

7.1. Castigo consistente y visible

El refuerzo negativo eficiente es fundamental.
Si el corrupto paga las consecuencias, el grupo aprende.

7.2. Ruptura de redes delictivas

No basta con sancionar a un individuo; hay que destruir la estructura relacional que sostiene la conducta.

7.3. Reingeniería de procesos

Claridad, transparencia y automatización reducen espacios para la manipulación.

7.4. Cultura institucional ética

Únicamente se logra cuando los líderes modelan comportamiento íntegro.

7.5. Supervisión externa fuerte

Contralorías autónomas, periodismo investigativo robusto, ciudadanía informada.

7.6. Formación ética y psicológica en funcionarios

Hoy ausente en la mayoría de entidades, pero crucial.


8. ¿La corrupción es entonces un trastorno institucional? Respuesta final

Sí, cumple criterios equivalentes:

  • patrón persistente,
  • conducta sistemática dañina,
  • incapacidad de aprendizaje,
  • racionalización del daño,
  • refuerzo interno del comportamiento,
  • ausencia de empatía funcional,
  • resistencia al cambio.

El Estado peruano, tal como opera hoy, muestra un trastorno conductual institucional crónico.

Sanarlo requiere más que cambios administrativos: requiere comprender su psicodinámica interna y desmontar las estructuras que refuerzan su conducta criminal.


Conclusión

La corrupción en el Perú no es un problema de algunas personas, sino una conducta institucionalizada reforzada durante décadas. El Estado peruano opera como una organización con un trastorno conductual: repite daño, no aprende, protege a quienes delinquen y castiga a quienes intentan actuar éticamente.

Comprender esta dinámica desde la psicología forense y la criminología institucional nos permite ir más allá de discursos moralistas. El cambio no se logrará reemplazando individuos, sino modificando la estructura psicológica del Estado, sus refuerzos, sus normas internas, sus redes delictivas y su cultura.

Solo cuando el Estado deje de comportarse como un agente antisocial podremos hablar de verdadera reforma.


Bibliografía

  • Bleger, J. (1967). Psicología de la conducta institucional.
  • Pichon-Rivière, E. (1985). Psicología de los grupos.
  • Alalehto, T. (2018). White Collar Crime and Institutional Psychology.
  • Sutherland, E. (1949). White Collar Crime.
  • Zimbardo, P. (2007). The Lucifer Effect.
  • Transparency International. Índice de Percepción de Corrupción (varios años).
  • Defensoría del Pueblo del Perú. Informes sobre integridad pública.
  • Ministerio de Justicia. Reportes sobre corrupción administrativa.
  • Literature on organizational deviance and criminogenesis.

Un comentario

  1. Interesante artículo. Habría que presentarlo a los partidos políticos como fuente para elaborar sus políticas de estado frente a la corrupción.

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